En realidad, debemos tratar por encima de todo, de dejar de comparar. Tenemos la tendencia competitiva de la comparación. Pero ciertamente, nada de lo mejor que vivamos en esta vida, en este mundo, se compara con la gloria que nos ofrece Dios.
Nos ha prometido una eternidad, un tiempo que no se termina, en un lugar donde no hay más sufrimiento, lágrimas o enfermedad. Definitivamente debemos esperar ansiosamente el regreso de nuestro Dios y desear ver Su gloria. Anhelar esa eternidad prometida.
Porque si analizas bien, lo que ahora sufres; si estás pasando por problemas, cuando lo pones en perspectiva no te debe preocupar. Todo pasa y nos adaptamos y seguimos, y más aún si tenemos a Dios en nuestra vida porque Él nos ha prometido esa eternidad.
Sin embargo, lo que ahora sufrimos no es nada comparado con la gloria que él nos revelará más adelante. Pues toda la creación espera con anhelo el día futuro en que Dios revelará quiénes son verdaderamente sus hijos. Romanos 8:18-19
Es la esperanza de la que debemos hablarles con pasión a quienes no conocen a Jesús, o no han entendido bien Su mensaje. Porque sí, yo también fui creyente, pero no había entendido la maravilla que es recibirlo en nuestro corazón. Invitarlo a vivir allí y tener una relación verdadera con Él.
No es que no tengas más problemas cuando te haces cristiano. Es que Jesús te da otra manera de ver la vida y de vivirla. Pero necesitas tener una relación estrecha con Él, buscándolo siempre en oración y leyendo Su Palabra. Es la manera de conocerlo mejor.
CONOCER A JESÚS TAMPOCO SE COMPARA CON NADA
No es solamente admirarlo y agradecerle por haber dado su vida por tus pecados y los de toda la humanidad, sino la paz y el gozo que sientes, que es inigualable. Es la tranquilidad de no temer a la muerte. Es la libertad de saber que nada de este mundo te puede atar o vencer. Estás en sus manos.
Estar en las manos de un Dios que nos ama más que nuestra propia familia nos debe dar ese gozo. No dependemos de nada de este mundo, sino de un Dios con el poder de mover montañas y abrir el océano en dos. Ese mismo Dios que venció la muerte para demostrarte que vas a tener vida junto a Él.
Vino a darnos la oportunidad de elegir nuestra eternidad. ¿Ya tú tomaste la decisión? ¿Le pediste a Jesús que entrara en tu corazón? Espero que sí, y que puedas sentir esa paz y esa alegría a la que nada se compara.








