Mateo 25:35-36

35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;

36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.

Lisa fue a su buzón de correo y solo había una carta. Ella la tomo y la miro antes de abrirla, y noto su nombre y dirección. Ella leyó: Querida Lisa: “voy a estar en tu barrio el sábado en la tarde y quisiera verte. Te quiere siempre, Jesús”

Sus manos temblaban mientras colocaba la carta en la mesa. ¿Por qué Dios querrá visitarme si no soy nadie especial? También recordó que no tenía nada que ofrecerle, pensando en eso, ella recordó su alacena vacía. “Oh, no tengo nada que ofrecerle. Tengo que ir al supermercado y comprar algo para la cena”.

Ella tomó su cartera que contenía $5.00 “Bueno, puedo comprar pan y embutidos por lo menos”. Se puso el abrigo y corrió a la puerta. Compró un pan francés, media libra de jamón de pavo y un cartón de leche lo que le dejo con tan solo doce centavos hasta el lunes. Se sentía bien a medida que se acercaba a su casa con su humilde compra bajo el brazo. “Señorita, por favor, ¿puede ayudarnos?” Lisa había estado tan sumergida en sus planes para la cena que no había notado dos figuras acurrucadas en la acera. Un hombre y una mujer, ambos vestidos de andrajos. “Mire señorita, no tengo trabajo y mi esposa y yo hemos estado viviendo en las calles, nos estamos congelando y tenemos mucha hambre y si usted nos pudiera ayudar se lo agradeceríamos mucho”.

Lisa los miró. Ellos estaban sucios y mal olientes y pensó que si ellos en verdad quisieran trabajar ya habrían conseguido algo. “Señor, me gustaría ayudarlos, pero soy pobre también. Todo lo que tengo es un poco de pan y jamón, y tendré un invitado especial a cenar esta noche y pensaba darle esto de comer. “Está bien, comprendo. Gracias de todas maneras. El hombre puso su brazo sobre los hombros de la mujer y ella los miraba alejarse y sintió mucho dolor en su corazón”. “Señor espere.” La pareja se detuvo, mientras ella corría hasta ellos. “Por qué no toman esta comida, puedo servirle otra cosa a mi invitado” dijo ella mientras le entregada la bolsa del supermercado.

“Gracias. Muchas gracias señorita “Si, Gracias” le dijo la mujer y Lisa pudo ver que estaba temblando de frio. “Sabe, tengo otro abrigo en casa, tome este”, le dijo mientras se lo ponía sobre los hombros. Ella regresó a casa sonriendo y sin su abrigo ni comida que ofrecer a su invitado. Se estaba desanimando a medida que se acercaba a la puerta de su casa, pensando que no tenía nada que ofrecer al Señor. Cuando metió la llave en la cerradura notó otro sobre en su buzón. “Qué raro. Usualmente, el cartero no viene dos veces el mismo día”. Ella tomó el sobre y lo abrió: Querida Lisa: Fue muy agradable verte de nuevo. Gracias por la comida y gracias también por el hermoso abrigo. Te quiere siempre, Jesús.

A veces es difícil encontrar a Dios en las pequeñas cosas que nos rodean, incluso en las personas que a veces nos son desagradables, pero es precisamente ALLÍ es donde Él quiere que le encontremos: en cada pequeña y hermosa cosa que está hecha para nosotros.

¡Sigue estos principios y verás como todo te saldrá bien!