Si nos analizamos podemos llegar a la conclusión de que los seres humanos somos orgullosos por naturaleza. El orgullo es un amor desproporcionado por uno mismo. Muchos no lo ven así, pero al final siempre es eso.

El colmo del orgulloso es considerar que no le debe nada a Dios, que no necesita su ayuda en absoluto. Entonces el orgullo se convierte en soberbia. La soberbia es una distorsión acerca de nuestra posición e importancia en el mundo.

A la persona orgullosa, por lo general no le gusta perder, no le gusta pedir disculpas y mucho menos reconocer sus errores. Una persona orgullosa le gusta además tener la atención de todos sobre sí: quiere ser el centro. Lamentablemente, todos, aunque no seamos orgullosos de naturaleza o no sea nuestro comportamiento usual, podemos caer en el orgullo en alguna situación.

Las heridas nos vuelven orgullosos

En una discusión, en un malentendido con alguien a quien queremos mucho. Cuando nos hieren, cuando nos mienten, cuando nos hacen daño, podemos terminar con la amistad y por orgullo, no queremos volver a conversar con esa persona. ¿Será que todos los seres humanos somos orgullosos por naturaleza? Y hay muchas personas que conocemos que son totalmente orgullosas; pero todos por momentos, de a ratos o por diversas situaciones, podemos reaccionar con orgullo. Es posible.

El orgullo que sentimos por otros

Existe el orgullo que sentimos por nuestros hijos, por nuestra familia, por los nietos. Este tipo de orgullo es el que debemos cultivar y hacer que sea nuestra naturaleza, humana, pues con él, admiramos y reconocemos las virtudes y cualidades de otros.

Es importante diferenciar los tipos de orgullo. Este tipo de orgullo es positivo, porque a través de él, damos reconocimiento a las virtudes y logros de otras personas. Es un orgullo que no es egoísta. Es el que debemos tener siempre presente.