Sería magnífico que todos lográramos tener una identidad inquebrantable. Al hacernos cristianos queremos ser siempre la mejor versión de nosotros mismos. Sin embargo, llega la situación que nos saca de nuestras casillas. Se nos olvida una reunión que teníamos online. Respondemos a la persona que más amamos con sarcasmo. Sentimos que esa identidad que nos hace mejor se quebranta.

Eso es porque las bases de nuestra identidad pueden ser movidas por las circunstancias o por nuestras habilidades. Tan pronto hay un cambio en ellas, damos un paso en falso y sentimos que no logramos hacer esa diferencia que deseamos. Nos recriminamos y nos catalogamos de ineptos. Fallamos en ese momento al tratar de marcar la diferencia de ser cada vez más parecidos en nuestro comportamiento a Jesús. Al tratar de lograr tener una identidad inquebrantable.

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;
Juan 1:12 (RVR 1960).

Entendamos que ser llamados hijos de Dios es un privilegio que nos debe hacer más exigentes con guardar esa identidad. Ser hijos del Rey de Reyes, Señor de Señores y Dios Único y eterno es una gran responsabilidad. Y si bien es cierto que nos ha sido dada la salvación por gracia, necesitamos tener nuestra identidad en Cristo siendo inquebrantable.

No nos etiquetemos pensando que no merecemos esa identidad

Pero tampoco debemos etiquetarnos como torpes o ineptos por nuestros errores. Pensemos que eso no es lo que haría Dios. Si hay algo que nos ha mostrado es Su gran compasión. Esa misma compasión que tenemos para con otros, también la debemos tener para con nosotros. Sólo el maligno trata de catalogarnos de acuerdo con nuestros errores.

Y es que Dios tiene para nosotros una identidad que no cambia a pesar de nuestras acciones porque Él ya nos perdonó. El amor de Dios para con nosotros y la identidad que nos dio, llamándonos Sus hijos no se define por nuestras acciones. Lo más importante es lo que Dios, nuestro Padre Celestial, sabe de nosotros. Podemos estar seguros que nuestra identidad en Él, es inquebrantable.

Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
Romanos 5:6-8 (RVR 1960).